Vi la muerte y miré para otro lado

Escrito por
Mirtha Ferrari


Nos habíamos quedado en que Dios tiene planes admirables para nuestras vidas, y los lleva adelante con sabiduría.

Estaba yo en la cama, como cada día, padeciendo esa hepatitis, cuyo tratamiento era tan desconocido casi como el Covid en esta época.

Me daban todos los días una inyección, obviamente no sé de qué. Me levantaba sólo para ir al baño. Era la única de la familia que siempre comía churrasco con tomate. Escuchaba las quejas de mi papá porque tenía que trabajar más, por los gastos que yo ocasionaba, y las de mi mamá, por todo el esfuerzo extra que yo generaba.

(Aquí abro un paréntesis, para decir que cuando crecí, incluso cuando fui madre, pude entender que los papás no siempre hacemos lo que "debemos" sino lo que "podemos". Fue cuando nacieron mis hijos que pude comprender plenamente las palabras de Jesús cuando dijo que ningún padre al que su hijo le pide pan le da una piedra.  Por lo tanto, lo que describo era lo que sentía esa niña de 11 años, y no una crítica a Haydée y Carlos, mis padres, a quienes les debo la vida y a quienes amé, honré y cuidé).

Retrotrayéndome a mis 7 años, sucedió algo que debo mencionar para entender lo que sigue.

"Teóricamente" mi hermano y yo no teníamos abuela materna ni abuelos paternos, porque habían muerto. Pero un día, de repente, "aparecieron" vivitos y coleando la mamá de mi mamá y el padre de mi papá. ¿Resucitaron? No, obviamente. Simplemente no nos había sido revelada toda la verdad familiar.

Vuelvo a mis 11 años. Este abuelo "aparecido", don Carlos, me gustó siempre. Era un hombre muy serio, un poco "agrio", pero me sentía muy bien con él, cómo que conmigo, se ablandaba un poco. Le gustaba leer como a mí. Tenía una casita en  Córdoba, en medio de las sierras. Y en ese lugar fui muy feliz. No me tuteaba y yo a él tampoco. Tenía mucho dinero y suplía algunas de las necesidades de nuestra casa. Yo lo amaba mucho, y me sentía valorada y hasta un poco amada por él.

Volvemos a mi enfermedad de los 11 años. Ya sé. Te estoy desorientando. Pero el que avisa no traiciona, y yo te avisé que soy parlanchina.

Una mañana me despierto, llamo a mi mamá, y en su lugar aparece el abuelo Samuel, el padre de mi mamá.

Cuando le pregunté por mis padres, me dio una excusa que no recuerdo, y que yo, sospechando de esa versión, elegí creer.

No puedo seguir sin hablar del abuelo Samuel. Si hubo una persona que me inspira ternura cuando lo recuerdo, es este abuelo. Él nos cocinaba la comida que nos gustaba, nos lavaba la ropa en la pileta, nos cuidaba. Los abrazos, la mirada tierna, la paciencia que nos tenía, dejaron hermosas huellas en mi alma. Él tenía muy poco pelo, que apenas le crecía a los costados de la cabeza. Yo jugando a la peluquera le ponía en esos pocos cabellos unos ruleros de metal. Un día, sonó el timbre, y para atender rápidamente, quiso sacárselos, y ante la imposibilidad de hacerlo, arrancó los pocos pelos que le quedaban. ¡Adiviná si se quejó!

Mi abuelo Samuel era el gran ayudador. Cuando mi papá se tuvo que ir más de un año por razones económicas, ya que lo perseguían los acreedores, él se quedaba con nosotros mientras mamá iba a trabajar.

Hace poco vino mi hermano de visita a casa. Éste es un hecho inusual, porque vive en otra provincia, Tucumán, a más de mil kilómetros de Buenos Aires. Y ahora, pensando, y recordándolo con este cariño nuevo, recién estrenado, del que te hablaré en otra ocasión, pienso en su mirada, y veo el parecido con la de don Samuel. Quizás sea sólo la impresión, o la necesidad de seguir sintiendo esa ternura. No sé.

Pero retomo el relato. Esa mañana, cuando desperté y no estaban mis padres en casa, de pronto tuve conciencia de la muerte, pero lo callé. Resulta que teníamos un canario al que llamábamos "Cuchuflito", igual que a un cómico de la tele, y cuya jaula, de noche se guardaba en el baño, porque cantaba todo el tiempo al ver la luz. Esa mañana cuando fui al baño, vi a nuestro pajarito, acostado con las patitas para adelante, y de repente me encontré con la realidad de la muerte. Supe que había muerto pero no le avisé a mi abuelo.

Mis papás tardaron unos días en venir, y Samuel, mi querido abuelito, me cuidó y siguió dando excusas para justificar su ausencia, pero dentro de mi alma tenía la certeza de esa otra muerte, de la que me ocultaban porque estaba enferma. De la muerte de mi abuelo Carlos.

Cuando volvieron mis padres por fin, había un silencio impresionante. Trajeron con ellos a Berta, la madre de mi mamá, que "milagrosamente" había resucitado años atrás viviendo junto a su consuegro, es decir, mi abuelo Carlos,  historia que aún hoy, con el cambio que hizo la percepción de las relaciones sigue siendo cuando menos "rara".

Bueno como les decía, yo sospechaba, yo "sabía", pero cuando preguntaba, me decían que ese abuelo "nuevo" y tan poco "usado", se había ido de viaje. Y yo, elegía creer, pero permanentemente venía a mi mente, la imagen de Cuchuflito tieso en su jaula.

En mi casa, la muerte de mi abuelo, la primera importante porque la madre de mi papá había fallecido hacía mucho, se vivía, se palpaba, pero no sé decía. Me la ocultaban porque estaba enferma, y esa tristeza podía llegar a complicar mi cuadro de hepatitis. Pero yo sabía. Y estaba triste, y lloraba en silencio porque extrañaba a mi abuelito pero no podía decirlo.

Como te conté alguna vez, soy judía, y por lo tanto, siempre creí en Dios. Dado que la hepatitis era una enfermedad tan peligrosa y se desconocía en qué forma podría contagiarse, yo estaba bastante aislada. Nadie me visitaba por temor a enfermarse. Un día, apareció de visita Delma. Y empezó con ella a rodar el plan maravilloso que Dios tenía para mi vida.

Delma era la "evangelista" del edificio. Era esa "loca" buena, una mujer que reía a carcajadas estrepitosas. Estar con ella era parecido a cuando tenés calor y de repente sopla una brisa que te revuelve los rulos. Y con Delma llegó el bien más codiciado por mí en ese tiempo: libros.

¡Qué locos son los planes de Dios!!! Mi primer encuentro con la muerte en vivo y en directo, vino acompañado, aunque aún no lo sabía, con vida, esa vida que no se extingue, esa vida que se prolonga por generaciones.

¿Qué? ¿Cómo fue? Eso te lo cuento en la próxima.